sobre la reinserción, las delincuentes y nuestros espacios
La noche de las mujeres, Sukeban Deka y el CSO Atalaya
¡Hola!
Antes de comenzar con el texto en sí quería agradecer la acogida de la primera letter. No acabé del todo contento con cómo había quedado ni me había sentido cómodo del todo escribiéndola, tuve que hacerlo en ratos libres muy dilatados en el tiempo entre el curro y los días libres de puro agotamiento y me quedé con una sensación de satisfacción a medias.
Pero la leísteis muchas personas, muchísimas más que cualquiera de mis publicaciones del blog que abandoné hace años, lo que fue una sorpresa para mí teniendo en cuenta el tiempo que llevaba sin publicar nada del estilo.
Sigo en proceso de volver a sentirme cómodo con este tipo de exposición pero mil gracias a todas las que compartisteis y/o me dejasteis algún comentario bonito por público o por privado. De verdad que me ayuda a sentirme con más confianza.
Besis de caramelo, feliz navidad.
No dejar a nadie atrás
Una de las mejores decisiones que he tomado en estos últimos meses ha sido hacerme con el abono anual para ir siempre que quiera al Cine Doré, la sala de exhibiciones de la Filmoteca Española.
Si vives en Madrid y te gusta hacer planes culturales probablemente ya lo conozcas, se trata de un cine donde mes tras mes se realizan ciclos de todo tipo y donde caben toda clase de películas, de toda época y de todo lugar. Ciclos que recogen obras en torno a cineastas concretos, temáticas comunes o corrientes cinematográficas que hace tiempo que dejaron de tener espacio en las salas de cine convencionales.
Desde que me mudé a esta ciudad ha sido un lugar en el que he encontrado un refugio ante la inmediatez a la que te empuja constantemente la urbe y un lugar en el que protegerme del FOMO y del bombardeo constante de lo nuevo y, por qué no decirlo, de toda una industria audiovisual yanqui de la que cada vez me siento más fuera no por pose y ni siquiera por ideología, sino por unos códigos que cada vez me resultan más cansinos y menos estimulantes.
La excusa que me empujó a pillar este abono fue porque el Festival Cine por Mujeres Madrid organizó un ciclo dedicado a la corta pero excelente filmografía dirigida por Kinuyo Tanaka, una de mis directoras favoritas de todos los tiempos.
Pensar en el nombre de esta mujer te lleva directa e inebitablemente al cine de Kenji Mizoguchi (El intendente Sansho, Cuentos de la luna pálida), de Ozu (Las hermanas Munetaka, Una gallina en el viento) o Keisuke Kinoshita (Ghost of Yotsuya, Anillo de compromiso). También ha trabajado con Kurosawa, Mikio Naruse, Heinosuke Gosho… Solo como actriz podríamos considerar ya a Kinuyo Tanaka como la mujer más importante de la historia del cine japonés; para mí una de las mejores actrices de la historia, así en general, si me preguntan.
Con esto aprovecho para recomendar La vida de Oharu, un melodrama bastante duro de Kenji Mizoguchi que si no cae en la (mala) sensiblería y en la desgracia por la desgracia, algo que bordea constantemente, es gracias a la sinceridad que transmite la actriz en todo momento.
Pero la historia, como siempre pasa con estas cosas, ha tendido a ignorar su papel como directora de cine. No ha sido hasta estos últimos años cuando he empezado a ver y leer más reivindicaciones de su trabajo tras las cámaras, nunca desde grandes medios, y descubrir sus seis películas ha sido un viaje lento, porque las he espaciado y reposado mucho en estos dos últimos años, pero fascinante.
Me encantaría detenerme en todas sus obras y hablar de ellas todo lo que se merecen. Porque su primera película, Carta de amor, no solo es un romance fantástico, también es una obra que captura desde la más profunda sensibilidad la melancolía y la aspereza moral del Japón de posguerra bajo la ocupación estadonidense; porque Pechos eternos, su película más conocida, es también uno de los mejores biopic que he visto jamás y con una visión sobre la poesía, el cáncer, la muerte y las mujeres adelantadísimos a su tiempo; o porque pocas cosas me gustaría más que hablaros sobre el choque entre la tradición japonesa, la tradición católica y la tradición del poder que propone Amor bajo el crucifijo poniendo a la mujer en medio de todo el asunto.
Sobre esto y más podemos hablar por privado si queréis, siempre estaré dispuesto a compartir opiniones sobre estas películas con quien quiera hacerlo, pero aquí quiero quedarme solo con una y quiero comentar La noche de las mujeres, una de las últimas pelis que me faltaban por ver de Kinuyo Tanaka y que finalmente disfruté en el Doré durante estas proyecciones. No dejo de pensar en ella y, cuanto más lo hago, más me gusta.
La premisa de esta película es sencilla: comenzamos en 1958 y en Japón se da comienzo a la ley anti-prostitución. Se organizan redadas policiales por las calles y se detienen a cientos de mujeres que acaban en prisión o, si tienen un poco más de suerte, en centros de acogida donde van a poder ser reeducadas y reinsertadas en la sociedad a cambio de estar encerradas hasta entonces y realizar trabajos semiforzados por una miseria de dinero. En La noche de las mujeres seguimos la historia de uno de estos centros, de las mujeres que lo habitan y de la directora de este centro (que bien podría ser un self-insert de la propia Tanaka) que realmente cree en la reinserción de estas personas.
Es en el guion donde debo destacar por justicia también el papel de Sumie Tanaka, la guionista que colaboró con Kinuyo en este proyecto seis años después de que ya trabajasen juntas en Pechos eternos. Colaboradora habitual de Mikio Naruse (ella escribió sus mejores obras, si me permitís este apunte), aquí no da puntada sin hilo. Cuando lo sencillo hubiese sido divagar sobre la prostitución, las nuevas leyes y cómo estas afectaban diferente a prostitutas y puteros, ni a ella ni a la directora le preocupan tanto esos asuntos como la nueva realidad material a la que fueron empujadas aquellas mujeres con el paso de los años posteriores.
Tras unos primeros minutos de pura explicación con una voz en off neutra de la nueva legislación la película nos hace la pregunta: ¿y ahora qué pasa con ellas?
Y es aquí donde las dos Tanakas deciden hablar sobre cómo no hay reinserción si la sociedad no hace un esfuerzo conjunto en creer en ella. En esta historia la reinserción falla constantemente porque quienes deben aceptar a las personas que salen del centro de detención no siempre lo hacen, porque las que buscan reinsertarse no siempre se aceptan a sí mismas y porque a veces las acciones y los intereses de terceros se escapan de nuestras manos (especialmente si estos terceros son hombres y tú eres una mujer en el Japón de posguerra).
Pero sobre todo me ha parecido que tras todas sus capas es una película que en última instancia habla de la confianza, de nuestra necesidad de ella, de que nos necesitamos los unos a los otros y de que creer en el prójimo debería ser nuestro motor si entendemos que vivir es un acto colectivo.
Ser malos! Buenas noches colegas
Si me habéis estado leyendo en Bluesky estos días sabéis que ahora estoy obsesionado con las adaptaciones de los ochenta de Sukeban Deka, un manga sobre una chica delincuente y detective que se enfrenta a los malos con un yoyó y mucho estilo.
El término “sukeban” significa “chica delincuente” y hace referencia a toda una subcultura que creció enormemente en Japón durante los años sesenta y setenta como respuesta a los grupos de pandillas masculinas que no permitían entrar a las mujeres y a la propia cultura misógina de la yakuza. Los grupos sukeban rápidamente crecieron en número y popularidad hasta el punto de llegar a bandas, como la Kanto Women Delinquent Alliance, con más de 20.000 miembros.
Ya en los ochenta el estereotipo que encarnaban estas personas se volvió muy popular en la ficción del país, especialmente en el manga y tirando del hilo nos lleva a personajes muy populares de entonces y de hoy en día que beben de todo aquello: Madoka Ayukawa (Kimagure Orange Road), Jolyne Cujoh (JoJo’s Bizarre Adventure: Stone Ocean) o Ryūko Matoi (Kill la Kill) en el manga; Ichigo Shirayuri (Kamikaze Girls) o Gogo Yubari (Kill Bill) en el cine.
Lo más destacado de todo es que en aquellos años se popularizaron especialmente en las revistas de manga shōjo. El manga Hana no Asuka-gumi! (1985) se publicó en la Monthly Asuka y Sukeban Deka, la serie que nos ocupa, se distribuía a través de Hana to Yume. Erica Friedman, ensayista y autora del libro By Your Side: The First 100 Years of Yuri Anime and Manga, llegó a decir que no sería injusto afirmar que no hubiéramos tenido obras como Revolutionary Girl Utena si estas otras no hubiesen allanado el camino.
Por otro lado, durante la misma época se estrenaron exitos arrolladores en la televisión japonesa en el género detectivesco (Tantei Monogatari) y las series tokusatsu de acción. Esto sumado a lo que se conoce como la edad de oro de las idols durante los años ochenta convergió en el campo de cultivo perfecto para que la explotación de una propiedad intelectual como la de Sukeban Deka pegase el pelotazo esperado: tres series de televisión, tres películas, una miniserie anime de OVAs, dos videojuegos y varios álbumes musicales.
Volviendo a mi experiencia personal con estas series yo empecé con Sukeban Deka III, la última de las tres adaptaciones (cada una de ellas funciona tanto como continuación de la anterior como de reinicio y se pueden disfrutar de manera independiente), porque contaba con la particularidad adicional de nacer de los restos de un proyecto de spinoff llamado Sukeban Ninpucho ambientado en el Japón feudal que nunca llegó a buen puerto, así que la mezcla entre Sukeban Deka y ninjas estaba destinada para mí.
Hay algo que conecta mucho conmigo en este tipo de obras, baratas e inocentes en el mejor de sus sentidos. Producciones que abiertamente juegan con que no nos lleguemos a creer del todo lo que está ocurriendo, porque no se esconde el truco en los efectos especiales ni buscan la lógica en los guiones ni aspiran al mejor trabajo actoral posible; obras con tan poco riesgo económico y que le dan tan poca importancia a la suspensión de la incredulidad que se permiten ser encantadoramente sinceras y divertidas.
Supongo que las series nunca han estado en un momento tan bueno como el de ahora, con inversiones tan o más grandes que la de los blockbusters cinematográficos, pero a veces no puedo evitar echar de menos más series como esta, como Hercules: The Legendary Journeys o como Colombo. No es una cuestión de nostalgia, ni siquiera había nacido cuando ninguna de estas se estrenaron, y de la misma manera que me pasa con los videojuegos creo que es sano cruzar la barrera y asumir, descubrir, que hay vida más allá de lo bonito, de lo cómodo y de lo perfecto.
La filosofía tras estas pequeñas pero largas producciones destaca aún más hoy que entonces en contraposición a una industria audiovisual mainstream que tiende a una manera única, encorsetada y repetitiva de hacer las cosas
También es un estilo que encaja perfecto con la idiosincrasia de las ficciones niponas, donde el tono importa en muchas ocasiones más que el propio texto y donde la expresión de sus personajes beben tantísimo de una tradición poética y teatral tan profunda en sus raíces que en occidente a veces hasta nos cuesta comprender su alcance y que se puede permitir el decorado barato, la utilería de corchopán e iluminaciones más neutras (que no significa que nada de esto no se trabaje tanto o más que en otros proyectos con mucho más presupuesto).
Os invito a ver cualquiera de estas adaptaciones, si superáis la pequeña barrera inicial de ver una serie viejita y con unos estándares muy diferentes a los que esperamos en la actualidad estoy convencido que encontraréis en ellas obras muy divertidas, muy ligeritas y, sobre todo, muy encantadoras.
Sukeban Deka (1985), una historia con aires detectivescos, drama familiar y mucho misterio ambientado en el instituto: https://archive.org/details/sukeban-deka
Sukeban Deka II (1985), un tono similar a la anterior con una nueva protagonista pero con más acción fuera del centro escolar y donde el personaje principal ahora tiene compañeras de aventuras: https://archive.org/details/sukeban-deka-ii
Sukeban Deka III (1986), más mamarracha y con ninjas. Aquí las protagonistas son un trío de hermanas kunoichi y se introducen más elementos de fantasía y folklore japonés: https://archive.org/details/sukeban-deka-iii
Atalayas vecinales
Hace unas semanas mi barrio se despertó con una noticia terrible.
El CSO La Atalaya fue víctima de un desalojo sin previo aviso por parte de las autoridades municipales y la policía y se puso fin al que ha sido el mayor proyecto de autogestión vecinal y ocio alternativo del barrio en lo que llevamos de siglo, uno de los más importantes en todo Madrid. Un proyecto que desde que comenzase en 2014 ha sido eje central en Vallecas para reuniones asamblearias, deporte gratuito y accesible para todo el mundo, conciertos a precios razonables, actividades artísticas y fiestas y eventos alternativos, alejados del alcohol y las drogas y donde había cabida para quedadas de gastronomía internacional, comedores veganos, música disidente y espacios de juego para niños y adultos.
Cuando hace diez años se okupó este espacio era un viejo instituto abandonado desde hacía mucho tiempo, deteriorado y un lugar conocido por ser un punto donde se vendía y consumía drogas duras que históricamente han hecho mucho daño por aquí durante décadas. Como en tantos otros barrios obreros, en el mío aún quedan remanentes de la crisis de la heroína de los ochenta y se hacen muchos esfuerzos (casi siempre vecinales) a la hora de limpiar estas zonas, ayudar y reinsertar a los afectados y evitar que la juventud caiga. Tras esta okupación el entorno se revitalizó muchísimo, se colaboró con escuelas cercanas para ofrecer diferentes actividades extraescolares a los alumnos y se creó toda una red para ayudar a familias más desfavorecidas con alimentos, material escolar y ayuda psicológica.
A nivel personal esto me ha afectado mucho. La Atalaya, como para mucha gente, ha sido muy importante para mí durante mi veintena. La primera vez que pisé un CSO fue aquí, para un concierto de Mafalda, y fue un día muy definitorio en mi vida donde aprendí nuevas formas de entender los espacios urbanos y donde conocí a personas que me enseñaron mundos mejores. No fue mi primer contacto con el anarquismo pero sí fue la primera vez que vi en persona lo que hace la autogestión y el apoyo mutuo cuando se pone en práctica, esa noche fue la chispa que encendió el motor que me impulsó a formarme y participar más en lo que a día de hoy siguen siendo las ideas en las que creo.
Desde entonces ha sido un lugar al que he intentado volver siempre que he podido, incluso desde antes de vivir en esta ciudad. Además de inesperado, este desalojo ha sido especialmente doloroso porque justo una semana antes estuve ayudando por allí con el almacén de alimentos y enseres varios que se recogieron en el barrio y que enviamos a asociaciones vecinales de Valencia. Nadie se esperaba que fuese a ocurrir pronto nada de lo que ocurrió días después.
La Atalaya no muere con esto y como se suele decir: un desalojo, otra okupación.
Y la esperanza sigue: en la misma tarde del día que nos arrebataron el centro social las vecinas del barrio se movilizaron masivamente en las calles. Las redes tejidas durante sus diez años de trayectoria también han demostrado ser más fuertes y duras que los ladrillos y el cemento que formaban parte del espacio y se siguen organizando acciones y reuniones, porque las personas son mucho más resistentes que los lugares que habitan.
Aún así: conoced los CSO de vuestros municipios, informaos de sus actividades e intentad pasaros de vez en cuando. Estad, participad mientras podáis, mantened encendida la llama de las ganas de hacer cosas y plantear caminos alternativos al que pretende llevarnos un urbanismo enfocado a un ocio que gira únicamente en torno al consumo y la inmediatez.
Disfrutadlos antes de que sea demasiado tarde y organizad vuestros eventos con ellos, que os van a acoger con toda la ilusión y harán todo lo posible para que salgan lo mejor posible. Viva la autogestión.





